Se han puesto todos a gritar y a correr. “Ah, ah, ah”, de un lado a otro, creo que alguno ha entrado en el edificio. A ver..., sí, dos, pero no sé quienes son.
Aunque no todos corren y gritan, por ahí uno está vomitando, hay un par de histéricos y, ¡ay!, como siempre, tenemos a los morbosos, que no pueden dejar de mirar. Creo que Carlos quiere tocarme, se atreve, no se atreve, deshoja la margarita. Siempre que se decide, Antonio le detiene. “No, ¿qué haces? ¡No le toques!” Y Carlos retrocede. Jodido Antonio.
Soy el centro de atención. Completamente inmóvil, con los ojos bien abiertos, fijos en un hermosos cielo azul, con nubes blancas y esponjosas. Un líquido bermellón me rodea, no es muy fluido; mira que llega a ser espesa la sangre, oye. Aunque no es que la note, la verdad.
Bueno, Carlos por fin se ha decidido a acercarse a mí y ha pisado mi sangre, consiguiendo que Antonio tenga los ojos más abiertos que los míos, es increíble. “¡Ah, ah, has pisado su sangre!”, grita y grita. Y los pocos que se habían quedado a mirar se unen a los histéricos. ¡Joderos, por imbéciles!
... bueno, estoy solo. Eh, no, Sergio está desmayado a unos veinte pasos. ¡Nenaza! ¡Todos vosotros! A ver, ¿cómo se puede jugar al Valle de la Muerte sin un cadáver? Pues por eso me he abierto la cabeza.
¡Ah, me aburro, no viene nadie! Aquí se queda mi cuerpo gordo, ahora haré lo que me dé la gana. ¡Uuuh, qué cosquillitas! Es chulo esto de atravesar paredes. Mmm, qué alguien apague esa luz, que es demasiado brillante.